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miércoles, enero 26, 2022

EL FEO Y EL VIEJO: UNA VIDA Y MÁS EN RIVER

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“Siempre he dicho que no me gusta vivir de recuerdos. Pero en este momento, cuando he salido otra vez campeón con River, quiero recordar que desde hace 48 años he estado ligado a todos los triunfos riverplatenses”.

Angel Amadeo Labruna nació un 28 de septiembre de 1918 en la Avenida General Las Heras al 2871, cerca del viejo estadio de River. Si debiera seguir cronológicamente su vida tengo que hablar de River, porque no hay River sin Labruna, ni Labruna sin River. Su nacimiento es sagrado en Nuñez, donde los hinchas hoy en día le profesan admiración al pasar por su estatua en la entrada del Monumental. Debutó un 18 de junio de 1939, en medio de una huelga de jugadores, en una derrota 1 a 0 ante Estudiantes de la Plata.

Ante Atlanta fue su primer gol, portando los botines que le regaló Bernabé Ferreyra cuando jugaba en la cuarta, especial tesoro que mantuvo junto a una foto autografiada que quedaría en el mostrador de la relojería de su padre.

Vivió por y para River, y como buen fanático, le tenía odio al club de La Ribera. Ese mismo año en el Viejo Gasómetro le marcaría por primera vez en la victoria 2-1. “Cómo no lo voy a querer a Boca, si yo comía por ellos”, alegaba con su figura altanera, pero con razón: 16 goles le convirtió, siendo el máximo goleador en la historia de los superclásicos.

Dejó su legado siendo pieza fundamental de “La Máquina”. Estuvo cerca de retirarse en 1947 tras un derrame biliar, además que en su puesto un tal Alfredo Di Stéfano se llevaba todas las miradas. Volvió en un partido ante Tigre pero estuvo con la pólvora mojada hasta un encuentro ante Rosario Central. Ahí fue cuando su cábala de patearle al arco vacío antes de los partidos se hizo un ritual para todos. “Y ya se había hecho costumbre la cábala del gol sin arquero apenas entrábamos a la cancha. Eso nació en 1946, cuando venía de una racha negra para el arco. Renato Cesarini me dijo: “Vos estás enojado con el gol y tenés que volver a hacerte amigo del arco. Antes de cada partido pateá la pelota adentro, sin arquero. Vas a ver que eso te va a devolver la confianza. Le hice caso en un partido contra Huracán y esa tarde marqué dos goles. Desde ese momento fue mi cábala de siempre. La hinchada la esperaba como una ceremonia de cada salida de River al campo y lo gritaba como si fuera un gol en serio“.

16 títulos conquistaría hasta su partida en 1960, cuando emigró a Rampla Juniors de Uruguay donde formó dupla con un campeón del mundo: el charrúa Oscar Miguez. Jugó una temporada para luego emigrar a Rangers de Talca en Chile, pero tuvo que partir a Platense tras el terremoto que acechó al pais trasandino. “De River no hay que irse nunca”, decía, y por eso buscaría volver…

Colgó los botines en 1960 y si bien su deseo era dirigir a River, comenzó estudiando a los rivales para Nestor Rossi. Aunque, confesaría que esa tarea no le interesaba mucho por lo que simplemente le entregaba el diario del lunes. Por eso decidió encargarse de la concesionaria de la confitería de Defensores de Belgrano, que luego le pediría que dirija a la primera que venía con malos resultados. Labruna revitalizó el equipo pero aún así no logró el ascenso. Lo curioso es que simultáneamente dirigió a Platense, donde lograría una buena performance llegando a semifinales ante el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía.

En 1968 dirigió River y en ese ciclo pasaría uno de los momentos más dolorosos: el fallecimiento de su hijo Daniel, quien se perfilaba para brillar cuando subiese a primera pero una leucemia terminó con su vida en 1969. Terminó su primer ciclo en el Millonario sin lograr títulos y partiría hacia Rosario Central. “Quiero recordar que las canchas de Rosario siempre me fueron propicias, como jugador o como técnico, y el público rosarino me trató invariablemente bien”. En el Canalla logró el Nacional 1971.

“Yo vuelvo a River para ser campeón”, dijo en su vuelta al club de sus amores en 1975, no antes sin imponer sus condiciones: River venía de una sequía de 18 años (la más larga en la historia del club) y Labruna quería armar un equipo a la altura del desafío. Del arco ya se había encargado un par de años antes cuando dirigía a Racing y el Millo fue a buscar a su arquero: el Pato Fillol. “Si usted no va a River lo cago a trompadas. Usted no tiene ni la más mínima idea de lo que significa, así que no lo dude y arregle”. Por supuesto, cumplió su palabra y consiguió el título. Logró el bicampeonato en 1975, el Metropolitano 77 y el tricampeonato entre 1979 y 1980. Cortó la racha negativa de 18 años y dio el puntapié inicial para todos los éxitos que siguieron después.

Un 19 de septiembre de 1983 falleció a causa de un síncope cardíaco en los brazos del Pato Fillol. Así fue como nos dejó el máximo ídolo de la historia riverplatense. Orgulloso de portar la banda roja que defendió dentro y fuera de la cancha, aún si su camino estaba lejos del Monumental.

Su vida y su legado es imposible de plasmar en tan pocas líneas para tamaña leyenda, pero en su aniversario, y en el día del hincha de River, este es un pequeño homenaje para uno de los más grandes.

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