Un problema esencial

River debe reencontrarse con una eficacia acorde a las situaciones generadas para revertir la serie en Brasil, pero ya no tiene el mismo poder desequilibrante de otras épocas. Las razones para ilusionarse y las inquietudes previas a la revancha ante Atlético Mineiro.

Dinámica de lo impensado por naturaleza, el fútbol es complejo en el abanico de posibilidades que ofrece y demasiado simple en su esencia más pura como juego: hay que hacer más goles que el rival para ganar, ésa es la misión, independientemente de las estrategias y méritos reunidos. Verdad de perogrullo si las hay, River encuentra hoy su principal problema en esa esencia, la búsqueda del gol. Aunque tiene variantes, recursos e ideas a nivel colectivo, le cuesta más de la cuenta vulnerar a los arqueros contrarios. No tiene el mismo poderío ofensivo de otra época, está a la vista. De ninguna manera es un análisis en desmedro del plantel actual, pero sí una realidad palpable en los hechos a la hora de evaluar por qué todo lo que se genera gracias al funcionamiento general no se puede plasmar en los resultados recientes o, al menos, haciendo la diferencia cuando el equipo es superior a su oponente.

La idea futbolística de Marcelo Gallardo está intacta. Hay una receta que no se altera en su esencia. Y repito la palabra esencia porque bajo ningún punto de vista se modificó el libreto del DT: continúa vigente la intención de que River sea protagonista en cualquier cancha y frente a cualquier rival, asumiendo la iniciativa, ejerciendo el dominio territorial, apostando al control mediante la tenencia de la pelota y con la mira siempre puesta en el arco de enfrente, sabiendo que es necesario presionar cuando hay que recuperar el balón. Resultados al margen, esa premisa se ve en el equipo titular porque existe un plan similar al de los momentos exitosos, pero con un problema esencial: la falta de gol en las circunstancias donde hay que dar el golpe oportuno, tal como por ejemplo sucedió en el primer tiempo ante Atlético Mineiro o en el comienzo de la segunda etapa contra Boca.

Si la supremacía desde el juego y las situaciones de gol generadas no se traducen en la red, es difícil alcanzar el éxito. Y, se sabe, cuando se desperdician las chances en el arco de enfrente, se pagan en el propio. Esa máxima del fútbol hoy le cae con todo el peso a River. Más allá de que ya no concede las facilidades del semestre anterior -hasta hace poco había superado los cuatro partidos sin sufrir goles-, sigue quedando expuesto cuando no abre el marcador. Maneja la pelota, ataca, exhibe variantes y todo lo que ya sabemos, pero la esencia del fútbol como juego no premia la posesión ni la cantidad de pases, sino a quien marca más goles que el rival. Tan simple como eso. Suena a una evaluación superficial, facilista si se permite el término, pero es así. ¿O no hubiera sido distinta la situación si River concretaba alguna de sus oportunidades contra Boca y Atlético Mineiro?

Sin embargo, no hay que perder el eje. No hay que caer en la confusión. Por supuesto que los cuatro partidos sin ganar representan un motivo de preocupación si se analizan los resultados, al fin y al cabo lo más importante. Pero también hay que mantener los pies sobre la tierra y revisar las formas, tan importantes para ilusionarse con el despegue de River. Esas formas dicen que el arquero de Mineiro fue figura. Y eso significa que resultó determinante para que el equipo de Gallardo no pudiera ponerse en ventaja o por lo menos llegar al empate, lo mínimo que merecía.

El Muñeco es consciente de que existen argumentos para ponerse de pie y conseguir el tercer Mineirazo en un lapso de seis años. Si bien buscará que el equipo tenga el control del juego, disminuya el margen de error, sea fuerte en todas las líneas y pise con frecuencia el área rival, comprende que todos esos argumentos deben reflejarse en goles para que la diferencia se materialice donde realmente importa, en el marcador. Y ahí está el principal desafío, en la definición. Más allá de que se pueden invertir horas de trabajo en remates al arco durante las prácticas y en el ensayo de acciones ofensivas, Gallardo deberá apuntar a la confianza de sus dirigidos, a la inyección anímica. Se juega y se ejecuta principalmente con los pies, pero las decisiones se toman con la cabeza. Si la cabeza está bien, el resto fluye, sobre todo en el momento de afinar la puntería.

Tampoco se puede negar que, como bien dijo Gallardo, las distintas partidas fueron debilitando al plantel. Ya no están las zurdas mágicas de Quintero, el Pity Martínez y Nacho Fernández para frotar la lámpara y resolver un partido. Como si fuera poco, la salida de Montiel implica una nueva merma que difícilmente pueda maquillarse a corto plazo. El DT sabe que la producción del equipo en ataque requiere de jerarquía individual para lastimar a los rivales. Pero así como existen partidos donde parece que será imposible hacer un gol y será muy fácil recibirlo, como sucedió frente a Colón, también hay partidos donde se alinean los planetas y se abre el arco rival, como ocurrió en el 3-0 sobre Lanús.

Mientras el foco dentro de lo posible ahora tiene que estar puesto en el partido frente a Vélez, es inevitable no poner la cabeza en la revancha del próximo miércoles. Es lógico que haya preocupación y hasta exista resignación en muchos de ustedes, pero les pido que piensen un momento, ¿qué hubiera pasado si alguna de las situaciones del PT ante Mineiro terminaba en gol? ¿No era también lógico irse al descanso uno o dos goles arriba?

Este texto de ninguna manera pretende poner excusas ni vender espejitos de colores, pero sí dejar un mensaje. Por supuesto que esta versión de River es inferior a otras que brindaron tantas alegrías, está a la vista. Aun así, hay motivos para creer. La fórmula es la misma de siempre, la que River mostró en el primer tiempo de ayer, pero resolviendo un problema esencial: la contundencia para llegar al gol en una proporción acorde a las posibilidades ocasionadas.

Germán Balcarce
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