Gallardo y la importancia del ADN riverplatense

El técnico sabe muy bien de qué manera acompañar la evolución de los jóvenes formados en el club. Paciencia, visión a futuro y el valor de su experiencia personal para encontrar el éxito futbolístico de los jóvenes talentos.

Marcelo Gallardo dirige al plantel de River desde hace siete años a través de una serie de normativas inquebrantables que permitieron una línea de comportamiento dentro y fuera de la cancha, acompañada por una competencia constante, poniendo siempre el bien del equipo por encima de los egos e intereses personales de cada protagonista. Ningún nombre, por más pesado que sea, tiene privilegios ni cuenta con un cheque en blanco para perpetuarse en la titularidad. Por supuesto que hay jugadores con mayor espalda gracias a sus rendimientos y pergaminos futbolísticos, pero de ninguna manera existe alguien que se sienta intocable.

Esa forma de manejarse no sólo alimentó la lucha permanente por ganarse un lugar o sostenerse entre los once, sino que además motivó a los chicos surgidos de las Divisiones Inferiores, tanto para aquellos que desde muy pequeños se sumaron al club como de quienes se acoplaron a las categorías formativas tras iniciarse en otra institución. Formado en el semillero de Núñez y con la mitad de su vida ligado a River de una forma u otra, el Muñeco no solo conoce el ADN futbolístico de El Más Grande, sino que también comprende al detalle cómo es el proceso de crecimiento para un joven que sueña con llegar a Primera División y triunfar con el manto sagrado.

Consciente de que la maduración no es similar para todos los pibes, teniendo en cuenta circunstancias personales, el contexto social de cada uno y el proceso en la parte integral  como jugador -evolución técnica, entendimiento táctico y desarrollo físico-, Gallardo promueve gradualmente a los jóvenes valores de River. Compenetrado principalmente en el plantel profesional, aunque muy atento al desempeño de la Reserva y al recorrido de las distintas categorías de Divisiones Inferiores, el técnico logró consolidar rápidamente a Santiago Simón y el lesionado Felipe Peña. Ambos supieron insertarse enseguida a las exigencias cotidianas y a la idea de juego tan simple en la búsqueda del protagonismo como compleja para obtener un alto rendimiento en materia de precisión en velocidad, ocupar los espacios y saber generarlos.

Distinto fue el proceso para Julián Álvarez, la joya del fútbol argentino. Más allá de su participación en la final eterna, su evolución fue progresiva, a fuego lento, sin retrocesos, pero con algunos altibajos y la inexorable “meseta” que atraviesa cada jugador que sube al primer equipo. Siempre mostró pinceladas de sus enormes cualidades, pero alternando con errores lógicos y hasta cierta cuota de barullo en medio de esas ganas por exhibir todo su potencial. Hoy, ya asentado, es la gran figura de River gracias a sus goles, asistencias y todo lo que produce. Desde ya que el mayor mérito es suyo, aunque también hay una buena parte de responsabilidad en la sabiduría del DT para no quemar etapas ni en el momento donde despertaba grandes expectativas ni tampoco cuando el cordobés era señalado por sus dificultades para tener éxito en los metros finales.

Si se traza un paralelismo, Álvarez tuvo un proceso bastante parecido al de Sebastián Driussi. Al principio, Driussi no encontraba su lugar y cumplía diversas funciones. Útil para las necesidades tácticas de Gallardo, lograba satisfacerlo, pero con una tarea lejana al brillo, propia de un trabajo por momentos invisible. Esa versatilidad, situándose en diferentes sectores del medio, le permitió tener un panorama más claro cuando empezó a jugar decididamente como delantero, su zona natural. Lo mismo sucedió con Álvarez, de pasado como volante por derecha, extremo y mediapunta.

Sin el nivel superlativo de Álvarez, también es justo mencionar a Rollheiser, cuyo camino estuvo repleto de contratiempos: lesiones, bajones futbolísticos y demás. Hoy logró convertirse en titular porque entre tantas virtudes tiene una gran facilidad para estirar a las defensas rivales, un rol que no es tan visible, pero que le aportó una solución a River para abrir los partidos en el primer tiempo, aspecto fundamental para entender este presente tan gratificante.

Es fácil mencionar los aciertos de Gallardo, pero también hay que analizar el caso de un jugador que va a contramano de los ejemplos citados: David Martínez. El zurdo siempre brindó muestras sólidas de sus evidentes condiciones técnicas en la Reserva, aunque sin la fortaleza necesaria para la marca. El error no fue cederlo a Defensa y Justicia, donde halló su mejor versión, sino haber autorizado la venta del 50 % de su pase, un hecho que hoy representa un acertijo a la hora de buscar la manera de retenerlo al estar a préstamo. Aun así, el ojo clínico del DT no falló cuando decidió reincorporarlo, exponiéndose a ese diagnóstico inicial que no fue tan preciso. Sin embargo no se tropezó dos veces con la misma piedra porque estuvo alerta a Enzo Fernández, de salida también como cedido, pero sin opción de compra. Su vuelta le ofreció el equilibrio necesario al medio para ayudar a Enzo Pérez y sumar precisión en los pases.

Gallardo cuenta hoy con varios pibes del club en la formación habitual: David Martínez, Enzo Fernández, Simón, Rollheiser y Julián Álvarez. Casi la mitad del equipo. Aunque el DT no suele atarse a un once de memoria, la presencia de los sub 23 de River le dio un salto de calidad al funcionamiento colectivo y con el gran plus de haber conocido desde las categorías formativas cómo es el modelo futbolístico, con los riesgos y la presión que conlleva al tener tanta exposición por el peso específico de los colores.

El Muñeco sabe que, además de darle resultados y un desempeño acorde al ADN futbolístico que le gusta a la gente, ese plus representa un capital indispensable para la institución de Núñez a corto y mediano plazo. La mejor manera de ser protagonista en la cancha y, llegado el momento, equilibrar las finanzas de River es a través del ingreso genuino de aquellos jugadores formados en el semillero. Es un proceso largo y que requiere de paciencia, pero ahí está el secreto para que River pise fuerte como demanda su historia. Y Gallardo lo sabe.

Germán Balcarce
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