¡Dale, campeón!

El camino de la consagración de River, en primera

Editoriales 09/12/2020 Redacción Redacción
River campéon Copa Libertadores 2018

Hace dos años cambió la vida de todos los hinchas Millonarios para siempre. Y aunque el fútbol siga su curso, de tanto en tanto volvemos a recordar aquel mágico 9 de diciembre 2018 donde River le ganó a Boca 3 a 1 en el Santiago Bernabéu a los ojos del mundo.

Pero para contar esta bella historia, volvamos un poco para atrás y arranquemos del inicio. Durante la fase de grupo River no tuvo demasiados sobresaltos, por lo que me sentía confiada para avanzar a la siguiente fase. Lo emocionante llegaría en octavos y cuartos de final cuando tuvimos que enfrentar a Racing e Independiente. Luego, era el turno de Gremio en semis, último campeón y defensor del título, River perdió 1 a 0 en el Monumental y si o si necesitábamos una remontada histórica en Porto Alegre.

Y cuando nos quisimos dar cuenta lo increíble estaba sucediendo, La banda le había ganado 2 a 1 con gol de Rafael Santos Borré y del “Pity” Martínez en los últimos minutos y de penal. La euforia y alegría se comenzaba apoderar de cada hincha Millonario y por supuesto yo era una de ellos.

La emoción de que River volviera a jugar nuevamente una final de Copa era infinita, sin embargo el miedo, la angustia y sobre todo la ansiedad comenzaron a hacerse presentes desde la noticia de que Boca era el segundo finalista. Por qué justo tenía que ser una Superfinal. Por qué contra Boca. Por qué, para consagrarnos campeones y ser los mejores de América mi corazón tenía sufrir tanto. Y, aunque me cuestionara todo el tiempo ¿por qué? ya estaba todo decidido: esto debía ser así.

Con el correr de los días y con el primer encuentro tan cerca los nervios volvieron aparecer. Hasta que el gran día llegó. La Bombonera se vestía de fiesta para la ocasión, pero lo que ellos no sabían es que ese día comenzaba a escribirse el principio del fin.

Comenzó el partido y mis pulsaciones estaban por las nubes, sin mentir, la ansiedad, los nervios y el miedo se hicieron presente desde el minuto cero. Hasta que a los 33 minutos del primer tiempo llegó el primer gol de Boca, mis vecinos gritando desaforados y por allá a lo lejos se escuchaban algunos fuegos artificiales. En ese momento, no entendía nada de lo que estaba pasando, sin embargo, mi alma volvió al cuerpo cuando Pratto, sacando del medio, convirtió lo que fue el gol del empate. Algunas personas dicen que la felicidad dura apenas unos segundos, y eso fue lo ocurrió cuando Benedetto marcó el segundo tanto de la tarde para que el local se fuera al entretiempo en ventaja.

No puedo describir lo que sentía en ese momento, pero puedo decirles que fueron los quinces minutos más largos de toda mi vida y durante todo ese tiempo me repetía en mi cabeza la frases de Gallardo, “Que la gente crea, porque tiene con qué creer”. Para el segundo tiempo, el Millo salió a buscar el empate y a los 60 minutos Izquierdoz cabeceó para atrás y la mandó a guardar en el arco de Rossi. No importaba que había sido en contra, lo que importaba es que nos volvía a poner en partido y nada estaba dicho.  El encuentro finalizó 2 a 2 y ahora solo bastaba espera el partido de vuelta.

Llegó el día de la definición, la emoción y el sueño de un posible festejo se palpitaba en el monumental, sin embargo, el encuentro iba a sufrir un imprevisto. Mientras el micro de Boca encaraba para hacer el tramo final y llegar al Monumental fue atacado por un grupo de hombres que decían llamarse “hinchas”, en realidad eran unos idiotas que lo único que hicieron fue generar daño no solo a los jugadores de Boca, sino también a los hinchas Millonarios. Por lo quemel encuentro tuvo que posponerse un día y el campeón se hacía esperar.

Pero, cuando todo se encaminaba para el inicio del encuentro en el segundo día, el conjunto Xeneize no quiso disputar el encuentro. Y al parecer lo que sería una fiesta se convertiría en una pelea política, que quería que la final más importante de todos los tiempos se defina sin jugarse.

Sin embargo, una luz comenzó a alumbrar la esperanza de todos los hinchas y por supuesto la esperanza que tenía guardada volvió a salir, cuando la Conmebol comunicó que el encuentro se disputaría el 9 de diciembre en España, más precisamente en el Estadio Santiago Bernabéu en Madrid. A partir de ese día, comenzó la larga agonía de la espera y volvía a sentir esa ansiedad mezclada con nervios que no dejaba que me concentrara en nada.

Finalmente la espera llegó a su fin. El día se había hecho presente y la angustia invadía mi mente, mientras un frio erizante recorría mi cuerpo. La hora se acercaba, y lo que parecía lejano empezaba a hacerse cercano. Aquellos hinchas que viajaron a Madrid, en conjunto a quienes viven ahí, decoraban las tribunas con ese hermoso Blanco y Rojo que caracteriza a todos los hinchas de River en el mundo.

Ya era la hora, árbitro uruguayo Néstor Cunha pitaba el inicio del partido. A pocos minutos del encuentro Ponzio se hizo amonestar, tras cometerle una dura falta a Nández y para ese momento yo ya estaba en el más allá. De a poco el Superclásico comenzaba a tomar color y ambos equipos se animaban a buscar el primer gol de la tarde. Y llegó a los 43’ del primer tiempo, tras un pase exacto y entre líneas de Nahitan Nández, Darío Benedetto quedó mano a mano con Franco Armani y no falló la definición para poner el 1 a 0 el marcador. En ese momento, mientras mis vecinos festejaban y tiraban fuegos artificiales, en mi cabeza resonaba la frase “Que la gente crea, porque tiene con qué creer”. No quería darme por vencida, no quería resignarme a la derrota parcial.

Tras finalizar la primera mitad, salí a tomar un poco de aire al patio y a pensar como podíamos equiparar el marcador, y créanme que de haber tenido el teléfono de Gallardo o Biscay les hubiese enviado por mensaje con cada táctica o movimiento que se me ocurría para empatar y ganar el partido. Pero por otro lado, también pensaba en una posible derrota y del calvario que me iba a tocar vivir si es que River no ganaba. Además, ya empezaba recibir unos mensajitos de mis hermanos con las típicas cargadas y diciéndome que ya la habíamos "gallineado" otra vez. 

Comenzaba el tiempo complementario, los minutos se consumían en Madrid y la fiesta parecía tener otro color. Acá en Buenos Aires todo era diferente lo que había comenzado con un hermoso día, se tornaba gris y oscuro. Literalmente se estaba poniendo gris, claro se avecinaba una lluvia y cuando empezaban a caer las primeras gotas de las tarde, vino el Gol de la esperanza y del sueño: Nacho Fernández le pone la pelota por derecha a Pratto, que define solo ante el arco de Andrada. "GOOOOOOOL", salió ese grito de mi pecho con emoción. De repente nada se escuchó en mi barrio, mis vecinos estaban en silencio, y por allá a lo lejos unas luces de colores en el cielo decían presente.   

Un 9 de diciembre eterno
La suerte comenzaba a cambiar de rumbo, y aunque el tiempo se iba consumiendo rápido, estábamos esperando el gol del milagro. Y con la lluvia ya presente en Buenos Aires, todos los hinchas nos emocionábamos con repetir una Copa. Sin embargo, el encuentro terminó empatado 1 a 1 en los 90 minutos, así que se venía el tiempo extra.

La Copa se hacía desear, y la esperanza volvía hacerse sentir en cada corazón de los riverplatenses. Inician los primeros 15 minutos de tiempo extra y el marcador global indica 3-3 entre Boca y River. Y aunque todavía no íbamos a penales yo rezaba porque no ocurriese ya que, no sabía qué podía ser de mi vida. Minuto 93 entrada fuerte de Wilmar Barrios en el mediocampo a Palacios, el árbitro no duda y lo expulsa por doble amarilla. La fortuna al parecer ya empezaba a estar de nuestro lado, y en los últimos minutos el Millonario fue a la carga con Quintero de abanderado, que antes que terminara el primer tiempo ya había tenido dos remates de larga distancia, avisando lo que venía.

Empezamos a entrar en la recta final, o se ganaba en la cancha o desde el punto de penal. A los 105 minutos de partido, mi corazón quería salir del cuerpo y trataba de no mirar para no ponerme nerviosa. Hasta que, a los 108 minutos llegó el GOLAAAAAAAAAAAAAZO de Quintero, quien volvió a disparar de fuera del área, pero esta vez sí le imprimió el efecto necesario para evadir a Andrada y poner el 2-1 a favor de La Banda. Juro que no vi el gol, pero cuando lo escuché, lo grité como jamás había gritado un gol: lloré, salté, me reí y seguí llorando, a esta altura todos mis vecinos bosteros comenzaban a insultar y enojarse. Sin embargo, en mi casa todavía no podíamos creerlo, la emoción y felicidad invadía todo el cuerpo.   

Pero rápidamente, después de festejar volvimos a meternos en partidos. No podíamos dejar que nos empatarán ni tampoco perder la emoción, juro que me sentía parte del plantel, en el banco allá en Madrid. Cantaba alentaba, daba indicaciones aunque no me escucharan.  Por allá, en el minuto 119 Boca tuvo su chance de empatar. Jara disparó de media tijera en el área de Millonaria roza en Pinola pega en el palo y sale al corner. Con ese tiro escucho los ¡UH! de todos mis vecinos enmudecidos que parecían revivir. Por un segundo me quede sin aliento y paralizada

Ya casi era la hora, era una defensora más en cancha para despejar esta última pelota. Llegó el corner de último minuto, Boca tira al área Millonaria con la esperanza de igualar, pero la suerte ya estaba echada. Armani rechaza con los puños, Quintero que no puede bajar bien la pelota con el taco pero la domina y se la toca a Martínez que corrió en soledad casi de mitad de cancha para marcar lo que fue el tercer gol de River. Ese gol que jamás olvidaré, ese gol que quedará tatuado en mi piel hasta el final de mis días. Ese gol que me hizo llorar de felicidad. Ese gol que me hizo olvidar todo lo malo. Ese gol que desató no solo la locura mía sino, también la Millonaria. Ese gol quedará para siempre la historia del Más Grande. Y ese gol que nos hizo gritar ¡Dale Campeón! será también el verdugo que jamás podrán olvidar los hinchas Boca.

Mientras tanto, ese partido será para nosotros el logro más importante obtenido en la historia de los Superclásicos en la Copa Libertadores. Por eso hay que celebrar cada 9 de diciembre como SI FUESE LA PRIMERA VEZ.

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